CELTIBERIA, REALIDAD

CULTURAL

 

 

 

CELTAS

 

Diccionario toponímico y etnográfico de Hispania antigua de Julián Rubén Jiménez

 

 

 

CELTAS:

Grupo étnico: pueblos celtas en sentido general (keltoi). Los primeros celtas que figuran en la historia escrita, junto a los de las bocas del Danubio, y en la misma época y fuente que ellos, son mencionados por Herodoto con este nombre (keltoi) en el territorio sobre TARTESSOS, solar que aparecerá ocupado en tiempo posterior histórico por los celtici (célticos). La Ora Maritima de Avieno (versificación del IV d.C. de un periplo masaliota muy anterior, del VI a.C.) sitúa en el occidente peninsular a otros pueblos que la etnografía tradicional, siguiendo los postulados de Boch Gimpera, A. Schulten y otros, también señaló como célticos: CEMPSI y SAEFES; a la vez que menciona a los propios celtas como un pueblo vecino de los LIGURES. Y tanto Avieno como Herodoros de Herakleia (420 a.C.) incluyen entre los pueblos tartessios a los ILEATES o GLETES, etnónimo a su vez de sugestiva interpretación céltica (gletes-keltes). Posteriormente, en tiempo histórico, los autores grecolatinos contemporáneos a la conquista romana aludirán también a celtas en la península, llegando inicialmente a considerar céltica toda la zona peninsular al norte de los turdetanos y a occidente de los íberos; y ya en época plenamente romana se señala aún la condición específica de celta de distintos pueblos hispanos: celtici, celtíberos, berones, callaeci, neri... incluso lusitanos y vettones.

La llegada de pueblos celtas a la península es un tema con más de un siglo de permanente discusión, sin que en la actualidad haya quedado fehacientemente aclarado. La lingüística, las fuentes clásicas y la arqueología ofrecen razones que aún muestran ciertas divergencias sobre la naturaleza de la presencia celta: etnográfica o cultural. Hoy se define como “celtas”, en sentido estricto, a los pueblos asentados en los territorios centro-occidentales europeos, al norte de los Alpes, entre el VI y el I a.C. Celtas serían así las gentes de la cultura de La Tène, y esta consideración alude a la identidad lingüística y cultural de esas gentes, dejando de lado, por desconocida, su filiación étnica. Ahora bien, sin que vayan necesariamente parejas lengua y cultura, la lengua celta remontaría a un protocelta procedente del “indoeuropeo” (término acuñado en 1813 por Thomas Young), del que a su vez se define una fase aún anterior denominada “antiguoeuropeo” (Hans Krahe, 1957); en tanto que la cultura de La Tène procede de la de Hallstatt, que surge de los Campos de Urnas, que a su vez remontaría a la más antigua de los Túmulos. Y aun así, dado que existe un profundo desconocimiento de la lengua hablada por las gentes de Hallstatt, anteriores a los celto-hablantes de La Tène, su condición lingüística de protoceltas se establece sólo en base a su afinidad cultural y tecnológica con éstos, que a su vez permite suponer una continuidad poblacional afectada por un proceso evolutivo endógeno, que también alcanzaría a la lengua.

Tenemos así en sentido general a unas gentes de etnia y lengua desconocida, sobre quienes en base a su cultura “precéltica” podríamos definir cronológicamente como indoeuropeos antiguo-protoceltas (Bronce Final – Campos de Urnas) e indoeuropeos protoceltas (Hierro I – Hallstatt), en ambos casos en función a su ascendencia espaciocultural sobre los verdaderos indoeuropeos celtas (Hierro II – La Tène).

El carácter expansivo de estas culturas y su condición tradicional de “celtas” propiciaron que los historiadores de la primera mitad del siglo XX desarrollaran una serie de teorías sobre sucesivas migraciones “celtas”, integrando en cada una de ellas a un conjunto de pueblos establecidos, siglos después, en aquellos supuestos puntos de destino. Como antecedente a las oleadas propiamente célticas, y sin mencionar otras más remotas como los “kurganes”, la cerámica cordada, el campaniforme.., se aludió a una serie de migraciones indoeuropeas precélticas durante el Bronce Final. Así D’Arbois de Jubainville postuló una colonización occidental de alcance hispano: la de los LIGURES (teoría defendida tiempo después por Schulten y otros). Otros autores (Pokorny, Almagro Basch...) señalaron que esa primera oleada, situada hacia el 1000 a.C, correspondería en lugar de a ligures a ILIRIOS; para Menéndez Pidal se trataría de AMBRONES e ilirios... Con posterioridad se señalaron nuevas oleadas, ya célticas: hacia el 500 a.C. de celtas goidélicos y hacia 270 de celtas britónicos.

 

Estas teorías “invasionistas” que postulaban la avenida al occidente europeo de aquellas oleadas celtas tuvieron en España por principal valedor a Pere Boch Gimpera, quien desarrollaría (junto a Almagro Bach, A. Schulten, J. Maluquer, A. Beltrán...) un corpus secuencial de avenidas celtas desde el Bronce Final (X a.C.) que establecería, hasta los años 80, el mapa “oficial” hispano de aquellos movimientos migratorios, de los que se identificaron al menos cinco. Debido a su interés historiográfico, y a la profusión de citas relativas a esas migraciones que el lector puede encontrar en los textos, las describimos a continuación:

Sería durante el siglo IX a.C. cuando grupos célticos aislados penetraran por los pasos de las Alberas y otros puntos más occidentales de los Pirineos, estableciéndose en la montaña catalana, los llanos de Urgel, el oriente aragonés y algún punto en la Rioja. Se estimaba que dichos grupos llegarían en número limitado y se fusionarían con la población autóctona preexistente, a juzgar por los escasos rastros que dejaron. La arqueología les identificaba a través de los “Campos de Urnas”, la toponimia les ponía en relación con los sufijos en ‘d/unum’ y ‘acum’, y la etnografía les asignaba la paternidad del pueblo de los BERYBRACES, posteriormente domiciliado en las montañas del suroeste de Castellón. Algunos autores les relacionaron también con los BERGISTANOS históricos.

Los pueblos de la segunda oleada llegarían atravesando Roncesvalles hacia el 700 a.C.. Eran gentes de cultura hallstáttica, procedentes del bajo Rin, que hallaron asiento sobre el alto Ebro, el bajo Aragón y la Meseta; de donde posteriores avenidas les replegarían a las zonas montañosas que bordean la meseta superior. Entre ellos se identifica a BERONES en la Rioja y PELENDONES (vid.) en la región de Vinuesa.

A estas oleadas les sucederían durante el siglo VII a.C. al menos otras dos: la de los CEMPSI y la de los SAEFES, ambas de cultura hallstáttica. Desplazados de Westfalia, los cempsi hubieron de atravesar Holanda, Bélgica y la costa atlántica francesa para llegar a la península sobre el 650 a.C., junto a parte de las tribus de GERMANOS, CIMBRIOS y EBURONES. Se supuso que estos grupos germánicos habitarían algún tiempo en la Meseta, de donde los cempsos partieron hacia tierras extremeñas y el valle del Tajo portugués, mandando avanzadas a las provincias de Huelva, Sevilla e, incluso, la serranía de Ronda. En su vecindad se asentarían los eburones, que tendrían por capital a EBURA (Évora), mientras CIMBRICUM (provincia de Cádiz) lo sería de los cimbrios. Los germanos propiamente dichos optarían por su parte por vivir entre el pueblo oretano, arrimados a las ricas minas de Sierra Morena, zona donde después figurará la población de ORETUM GERMANORUM.

Los saefes, tras ser expulsados del Rin por la sempiterna presión germana, también arrastrarían a otros pueblos en su largo camino a la península. SENONES, LUNGONES y LEMOVICES se unieron en el este francés a saefes, SANTONES, BITURIGES, NEMETATI, TURODITURONES, BOIOS, DRAGANI y VOLCOS. La caravana en pleno aparecerá hacia el 600 a.C. en la Meseta, de donde se irían repartiendo tomando la mayoría dirección occidental. En las serranías de Teruel y Cuenca permanecerán parte de la tribu de turoditurones junto a los volcos. El centro y norte de Portugal será alcanzado por el grueso de los saefes, acompañados de bituriges, boios, y otros. A Asturias llegaron los lungones y parte de los dragani, que se extendieron también por León y el este de Lugo. Nemetati, lemovices (LEMAVI) y turodi se establecerían en territorio galaico, donde tiempo después figurarán, respectivamente, en VALABRIGA (cuenca del Ave), DACTONION (Monforte de Lemos) y AQUAE FLAVIAE (Chaves). De este pueblo saefe sabemos que ostentaba como animal protector, de carácter totémico, a la serpiente; circunstancia que refleja su propio etnónimo (‘*saeph-’ es raíz indoeuropea con significado de sierpe, serpiente). Los saefes protagonizarían antiguas leyendas, difundidas por Avieno (Ora Marítima), que narran una invasión de serpientes que expulsó a los OESTRYMNIOS de sus tierras, en clara y emblemática alusión a aquella tribu. Lo mismo recoge una leyenda local de Entrimo (topónimo sospechoso de filiación oestrymnica), que narra cómo los pobladores del Monte dos Castelos fueron expulsados por una invasión de serpientes, que llegaron desde el Monte da Serpe hacia las tierras de Bande (territorio de los galaicos QUERQUERNI, pueblo al que Tovar emparentó con los saefes). Para más abundamiento se nos trasmitirá, como ya vimos, el nombre de OPHIOUSSA (tierra de serpientes) en relación a estas tierras del occidente peninsular. Para García Bellido Saefes es nombre con que se denominarían a sí mismos; Ophioussa, por el contrario, es nombre que sirvió a unas gentes extranjeras (griegos) para designar a aquellas tierras a través del escaso conocimiento que tenían sobre sus pobladores.


La denominada quinta oleada sería la que más población aportara a la península; y la primera en ajustarse, muy a grosso modo, a la actual interpretación histórica y al concepto cultural de “celta”. Se sitúa en la primera mitad del siglo VI a.C., tiempo en que entrarían muchedumbres de celtas belgas de las tribus de BELOVACOS, SUESSIONES, NERVIOS, AMBIANOS y VELIOCASSES, a quienes también se unieron los AUTRIGONES. Entre éstos, los belovacos estaban llamados a ser los definitivos propietarios de la Meseta castellana, y de su etnia surgirían lo pueblos históricos de AREVACOS, BELOS y TITTOS, a los que algunos añaden también los VACCEOS. Arévacos, belos y tittos (junto a los LUSONES) serán las tribus que conformen el núcleo de los CELTÍBEROS (vid.), único grupo étnico hispano de lengua y cultura célticas, y protagonista de la celtización, o celtiberización, de gran parte del occidente peninsular. También el pueblo meridional histórico de los CELTICI se consideró parte de esta migración (las fuentes les relacionan con los celtíberos, la arqueología más concretamente con los vacceos), sin que alcancemos a adivinar su genealogía; tienen sin embargo el honor de ocupar un territorio ocupado por los primeros celtas nombrados por la historia escrita, junto a otros asentados en la región del alto Danubio, y serán también protagonistas de una interesante odisea gallega en el II a.C., una migración “interna”, que asentaría a grupos de ellos en el Finisterre, junto a los NERI (García Bellido).

Posteriormente se registraron aún nuevas avenidas, éstas ya de carácter plenamente histórico, como la del año 104 a.C. cuando un nuevo contingente de CIMBRIOS (recordemos: ya incluidos en la antigua oleada de los cempsi) penetró en la península por el Pirineo y alcanzó la meseta. La defensa que realizaron los celtíberos de sus tierras les resultaría tan gravosa a estos cimbrios que hubieron de volverse a las Galias. La noticia procede de Tito Livio, Plutarco, Obsequens, Séneca y Hieronimus. Se tiene asimismo noticia de una migración de galos llegada a tierras ibéricas de ILERDA, en el año 49 a.C., acompañando a las legiones de Julio César (acompañando en realidad a la caballería auxiliar gala de esas legiones). Estos GALLI parece que hallarían asiento definitivo en torno al río Gállego (GALLICUS flumen), donde tiempo después figurará una toponimia alusiva a ellos (FORO GALLORUM, GALLICUM, GALLICA FLAVIA, GALLORUM pagus). Es probable que el propio César decidiera su asentamiento en la zona del Gállego, estableciendo así con ellos una especie de limus vasconum a fin de garantizarse la aquiescencia del pueblo vascón, significado partidario de su enemigo Pompeyo y en fase expansiva suroriental, al amparo de aquel, desde las guerras sertorianas.

A mediados del siglo XX comenzaron a surgir algunas voces críticas cuestionando la realidad de estas teorías “invasionistas”. Vilaseca, Maluquer, Sanmartí... únicamente admitían una avenida de gentes indoeuropeas: la correspondiente a los Campos de Urnas. Por su parte Gómez Moreno y Tovar reclamaron mayor atención a los registros estratigráficos en relación a los lingüísticos; a Tovar, por ejemplo, se debe la propuesta de establecer tres áreas diferenciadas en la Hispania indoeuropea: área de las centurias (hoy castella) del noroeste, área de las gentilidades (astures, cántabros, pelendones, vettones, carpetanos), y el territorio de celtíberos, berones y olcades de lengua celta de tipo goidélico. También será Tovar quien llame la atención sobre un sustrato “indoeuropeo occidental indiferenciado” que relaciona con el Bronce Atlántico. García Bellido reduce entonces a tres las migraciones importantes: indogermánicos preceltas, hallstátticos y belgas belovacos, de las que sólo a la última le atribuye aportaciones étnicas significativas. Caro Baroja hará por su parte nuevas aportaciones a esta cuestión desde la óptica de las áreas socioeconómicas.

Pero será a partir de 1976 cuando se desmonte una de las principales estructuras de apoyo de estas migraciones: la difusión peninsular de la cerámica excisa y de boquique. Molina y Arteaga establecen un origen autóctono de estos tipos cerámicos en la Meseta (vid. VETTONES), desvinculando su relación del horizonte hallstáttico del Rin, y desmontando así la presunción de unas oleadas célticas basadas arqueológicamente, casi en exclusiva, en ese fósil director.

El conocimiento actual, por lo que a la península se refiere, tiende hoy a aceptar la presencia de rasgos culturales correspondientes a un pueblo de cultura indoeuropea arcaica en toda la denominada área indoeuropea peninsular. Esta presencia lingüístico-cultural (anterior a la formación del pueblo celta) se viene denominando “indoeuropeo occidental indiferenciado” o “antiguo-europeo”, y su más clara descendencia lingüística sería la lengua lusitana o lusitano-galaica (teonimia, toponimia y onomástica, conservación de la /p/ inicial e intervocálica, del diptongo /eu/, de la raíz ‘pent-’...). Según esta hipótesis formulada por Almagro Gorbea y aceptada en líneas generales, también se detectaría dicho sustrato en el área de las creencias: inclinación al santuario rupestre, teonimia arcaica, saunas iniciáticas..., en el poblamiento y la sociedad: núcleo castreño, economía pastoril, práctica del abigeato, fratías, división por grupos de edad..; en términos lingüísticos antiguos y actuales (términos comunes como río, arroyo, páramo, nava, berrocal...). Se entiende que la presencia de este sustrato indoeuropeo arcaico facilitaría posteriormente la celtización extendida en todas estas regiones, directa o indirectamente, por los celtíberos. Paralelamente a ese indoeuropeo arcaico se manifiesta la avenida de pequeños grupos indoeuropeos a través de los pirineos orientales, extendiéndose posteriormente por el valle del Ebro, también al norte del mismo y por algunas zonas de la meseta. Se trata de la cultura de los “Campos de Urnas”, de la que a su vez se duda del verdadero calado de su presencia: étnico o cultural. Uno de los últimos registros arqueológicos de estas gentes lo encontramos al norte del Ebro, en Els Vilars de Arbeca, un poblado del VII a.C. cuyo carácter (Campos de Urnas del Hierro I), posición y cronología lo vinculan a un horizonte de procedencia centroeuropea del Hallstatt (este yacimiento testimonia la primera presencia peninsular de piedras hincadas antecastro, difundidas una centuria más tarde entre pelendones y astures meridionales).

En tiempo más avanzado, y previo a los celtíberos, se hace difícil distinguir arqueológicamente otras avenidas, atribuyéndose las peculiaridades de ciertas tribus tenidas por célticas tanto al propio proceso interno de desarrollo de su sustrato indoeuropeo (vid. PELENDONES), como a su posterior grado de permeabilidad a la celtización difundida por los celtíberos.

Serán ya los celtíberos (únicos celtas para muchos), relacionados con la migración de celtas belgas hacia el VI, aún defendida por numerosos autores (que no entienden de otra manera la presencia peninsular de su lengua celta), los encargados de la celtización progresiva ideológica y cultural, no lingüística, del toda el área indoeuropea peninsular: lusones, vacceos, turmogos, pelendones, berones, vettones, en mayor grado; y en menor grado lusitanos, galaicos, astures (salvo meridionales), carpetanos..; enviando incluso contingentes netos (según otros de origen vacceo) a la periferia turdetana, e incluso a ciudades del Valle del Guadalquivir, formando allí el pueblo histórico de los celtici. Entendiendo, según J. P. Mallory (1990), que la lengua celta contaba en el continente con tres grupos lingüísticos: lepóntico, galo y celtibérico, hemos de atribuir al celtibérico una base arqueológica y cultural correspondiente a un tiempo tal vez inmediatamente anterior a La Tène, relacionado aún a Hallstatt o Campos de Urnas (1000-500), dado que apenas se aprecian en la península registros de La Tène (salvo ciertos tipos de espada: espadas “latenienses”, con ejemplares entre celtíberos, vettones (Osera, Tamusia...), lusitanos (Herdade das Casas, Redondo) y célticos (Capote); junto a fíbulas de La Tène y algún otro registro). De lo que ya no cabe duda es de que la condición lingüística de celta corresponde en la península, en exclusiva, al grupo celtibérico: no olvidemos a su vez su carácter expansivo, de manera que encontramos después una serie de pueblos peninsulares de lengua indoeuropea y cultura celtiberizada.

Cántabros, astures y galaicos (éstos a pesar de su denominación céltica de GALLAECI o CALLAECI (vid.), se presentan como los pueblos menos celtizados del área indoeuropea, en todo caso de forma escasa y tardía, como demuestra su apego, aún en tiempo histórico, a tradiciones precélticas: vivienda redonda, sistema social, economía... En estos territorios el proceso de romanización resultó tan débil que los escasos rastros célticos que poseían tuvieron la virtud de conservarse, aún cuando otros pueblos indoeuropeos más celtizados perdieron ya completamente aquella identidad debido a su profunda romanización (caso similar, por ejemplo, al de la condición ibérica de los CERETANOS); además de la terca inclinación de décadas pasadas al uso de catalogar cualquier rasgo prerromano (en estos casos: de carácter fundamentalmente indoeuropeo atlántico) como céltico.

Aparte de estas consideraciones lingüísticas, el registro arqueológico únicamente evidencia una sola inmigración de carácter etnográfico, compuesta por una serie de infiltraciones demográficamente limitadas y efectuadas durante un período dilatado: las gentes de los Campos de Urnas difundidas por Cataluña y el Valle del Ebro. Sobre esta premisa, desde una óptica arqueológica, el resto de rasgos célticos se atribuyen a una evolución interna de esa cultura, afectada por diferentes particularismos regionales. Sin embargo, una difusión tan limitada no aclara un asentamiento peninsular tan extenso de lenguas “antiguoeuropeas” e “indoeuropeas”, ni la cuestión del recurrido y escasamente aclarado sustrato lingüístico común, ni la presencia posterior de un grupo lingüístico verdaderamente celta: el celtibérico. Intentaremos abordar, o mejor aun aventurar, un acercamiento a estas cuestiones latentes desde antiguo.


Sobre el sustrato común indoeuropeo tal vez proceda mejor hablar de dos sustratos: uno correspondiente al Bronce Pleno/Final, asociable tanto al Bronce Atlántico como a Cogotas I, y otro de estímulo Campos de Urnas. En este último cabría distinguir a su vez los grupos más antiguos (Bronce Final/Hierro I), de orientación ganadera y eclosión en torno al Alto Duero, que serían responsables de un segundo sustrato indoeuropeo (veremos), de aquellos otros más recientes, preferentemente agrícolas y asentados en torno al Valle del Ebro (Hierro I), a los que atribuiríamos la génesis del grupo celtíbero. Tendríamos así dos sustratos indoeuropeos acumulativos afectados posteriormente de una celtiberización cultural.

El primero, correspondiente al Bronce Pleno/Final, se proyectaría asociado al comercio metálico de la fachada atlántica, y ceñido por lo tanto a las rutas del estaño y a la navegación de cabotaje (algunos autores señalaron que este tipo de navegación efectuaría un “salto” desde la Bretaña a la cornisa cantábrica, eludiendo la actual zona vasca y el oriente cántabro: área que coincidiría con una zona no afectada de sustrato indoeuropeo). Este primer sustrato correspondería a aquellos contactos comerciales dilatados en el tiempo, acompañados quizás de pequeñas migraciones, y estaría presente en origen en todo el área indoeuropea peninsular y Tartessos, difuminándose en el suroeste debido a las colonizaciones mediterráneas, y en el resto debido a la implantación acumulativa del segundo, de la celtiberización o de la iberización; salvo el caso del grupo lingüístico lusitano-galaico no alcanzado por ninguna de aquellas influencias (no orientalizado, ni iberizado ni celtiberizado). A este primer sustrato correspondería la vivienda redonda (petrificada por el 2º), la estructura social por grupos de edad, numerosa hidronimia y alguna teonimia antigua, las prácticas “endémicas” del abigeato, las fratías y el bandidaje tradicional (y sacralizado: vid. BANDUE), y el grupo lingüístico “antiguoeuropeo” de las lenguas lusitano-galaicas.

El segundo sustrato estaría asociado a los Campos de Urnas antiguos (Bronce Final/Hierro I), relacionado con grupos ganaderos que alcanzarían una eclosión cultural en torno al Alto Duero (Castros Sorianos), de donde arrancaría una difusión posterior vehiculada a través de este río y sus afluentes en torno al VII-VI, detectable, entre otros rasgos, a través de la difusión en torno a estos ríos de una toponimia provista del sufijo indoeuropeo “arcaico” ‘-nt’ (VISONTIUM, NUMANTIA, AKONTIA, TERMANTIA, CONFLUENT(ic)A, SECONTIA, PINTIA, SEPTIMAN(ti)CA, PALANTIA, LANCIA, SENTICE, SALMANTICA, LANCIA OPPIDANA, PALLANTIA...). Esta aculturación alcanzaría, con más o menos intensidad en grado a la distancia y al carácter más o menos ganadero-pastoril de los “destinos”, los futuros territorios autrigones y cántabro-meridionales (Pisuerga, Arlanza, Arlanzón), astures (Esla, Tera, Órbigo), vettones (Tormes, Águeda, Côa)... En la zona arévaco-vaccea del mismo Duero este sustrato quedaría muy desdibujado debido a la arraigada presencia “Soto” de carácter agrícola, y a la posterior, fuerte y temprana celtiberización de la zona. A este segundo sustrato correspondería la petrificación de la vivienda redonda del primero, el castro amurallado, las piedras hincadas, el santuario rupestre (atribuido por otros al primero), el sufijo ‘-nt’, el sistema gentilicio...

Sobre el primero (o sobre el primero más el 2º) se implantaría el iberismo, más acusado en la cultura material que en la lengua, entre carpetanos, celtíberos orientales, vettones meridionales..; y posteriormente la celtiberización entre vacceos, vettones, turmogos, autrigones, cántabros meridionales, carpetanos septentrionales.., sin alcanzar directamente el núcleo lusitano ni el galaico (irradiados parcial y respectivamente desde territorio vettón y astur meridional). Toda esta área de común sustrato resultaría afectada por ambas aculturaciones en grado a la cercanía.

Otra cuestión es el asunto de la presencia hispana de una lengua celta: el celtibérico, aparentemente
inexplicable sin venir acompañada de aportaciones étnicas significativas. Tal vez debamos contemplar su arribada en un momento de formación de la lengua celta continental (de ahí su arcaísmo respecto a ese grupo lingüístico celta), asociada a un entorno final de Campos de Urnas del VII a.C. de orientación agrícola, detectable en el Valle del Ebro. En el propio Valle del Ebro, donde estarían sus asentamientos originales, se verifica en ese tiempo un proceso de ocupación sistemática del territorio mediante numerosos núcleos de carácter agrícola, y posteriormente (finales del VI – mediados del V a.C) un abandono de la mayoría de estos asentamientos, y simultáneamente un proceso de sinecismo que lleva a la concentración poblacional en núcleos mayores, poco numerosos, que acarreará una superación del sistema de jefaturas tribales y una transición progresiva a la ciudad-estado, evidente ya a mediados del IV a.C. Se trataría de un proceso paralelo al sucedido con anterioridad en el ámbito ibérico, con el que esta zona protoceltíbera manifiesta ya acusadas relaciones.

El progreso material producido por ese contacto ibérico convertiría a estos grupos célticos en un pueblo capacitado y expansivo, que extendería progresivamente su presencia hacia occidente celtiberizando a otros pueblos (recordemos: de común/es sustrato/s), y extendiendo de esta forma su propia lengua celta (con carácter de “lengua de cultura” o “lengua vehicular”. Vid. CELTÍBEROS), fortalecida ahora como rasgo de identidad propia, junto a esa cultura superior “ciudadana” recientemente adoptada de los íberos. Por contra, algunas zonas orientales del solar original protoceltíbero perderían incluso la lengua, al quedar después la zona completamente iberizada (sedetanos, ilergetes meridionales, tal vez olcades...). Aunque de no mediar ese progreso material, que facultó también la posterior adopción de la escritura ibérica, nunca se habría manifestado esta lengua celta con la fortaleza que la conocemos (téseras, tabulae, monedas, inscripciones rupestres, cerámicas, mosaicos...); como es el caso de otras lenguas indoeuropeas peninsulares, tan sólo conocidas (?) por sus registros onomásticos o toponímicos.

En resumen: la cuestión de la presencia de pueblos celtas en la península ibérica continúa siendo un tema de estudio y discusión. El progreso paralelo de la lingüística, la arqueología, el estudio de las fuentes clásicas... facultará que poco a poco vayamos despejando numerosas incógnitas que aún oponen una franca resistencia.

 

 

 

 

           

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