CELTIBERIA, REALIDAD

CULTURAL

 

 

 

AUGUSTÓBRIGA DE LOS PELENDONES

 

 

 

 

La antigua ciudad romana de Augustóbriga se localiza en el actual Muro de Agreda (Soria), en cuyo núcleo urbano han aparecido los escasos restos materiales que conservamos de esta civitas. Esta identificación, aceptada hoy día por el común de los investigadores, fue propuesta por primera a vez a mediados del siglo XVI por el erudito fray Jerónimo Zurita, quien se basara en las distancias entre ciudades referidas en los itinerarios y muy especialmente en la existente en un miliario colocado in situ –CIL II 4892-- donde se especifica la distancia de tres millas romanas desde ese punto de la calzada romana procedente de poniente hasta su siguiente hito o jalón principal, Augustóbriga.

 
Al igual que tantos otros núcleos latinos lo poco que conocemos de Augustóbriga se debe a las escuetas menciones de los itinerarios –en este caso tanto el Ravenate como el de Antonino—y al geógrafo Ptolomeo. No obstante, el análisis de algunos factores como su nombre, emplazamiento físico y el contexto histórico de la comarca en que se encuentra constituye una fuente de información bastante verosímil si bien, no hay que olvidarlo, de tipo conjetural ante la falta de documentación escrita.


Como a simple vista se aprecia el nombre del asentamiento procede de la unión de dos palabras: una latina, Augusto, a la postre el cognomen del primer emperador romano, y otra céltica, briga, traducible como fortaleza, castro o, en general, lugar fortificado. “La fortaleza de Augusto” sería el significado etimológico de la palabra Augustóbriga, lo que nos pone tras la pista de un asentamiento, ya fundado, ya renombrado, en época augustea, setenta años después de la conquista romana de Termancia (96 a.C.) y el final de las Guerras Celtibéricas. Considerando por un lado que Augustóbriga se encontraba emplazada en un llano de pobres condiciones defensivas y, por otro lado, el hecho conocido de que los romanos, tras la victoria final, obligaron a las tribus celtíberas a desalojar la gran mayoría de sus poblados –castros—y ciudades fortificadas, casi siempre localizadas en altos de fácil defensa, asentándolas en las llanuras aledañas donde eran mucho más sencillo su control, se puede colegir que Augustóbriga fue uno de estos nuevos asentamientos en llano. Desde luego el nombre del lugar, significativamente oficialista, apunta en esta dirección, siendo posible ir un poco más lejos y afirmar el carácter campamental de la nueva plaza, al menos en los primeros años de su existencia. Dicho todo esto parece razonable datar la fundación de Augustóbriga en algún momento del último tercio del siglo I a.C.

 

De entre los diversos pueblos que habitaban la Celtiberia, nombre romano no demasiado preciso, eran los pelendones los que residían en Augustóbriga. El greco-egipcio Ptolomeo es el encargado de precisar este detalle, concretando las coordenadas de la ciudad en 11º30´ de latitud norte y 42°40´ de longitud oeste, más o menos en el mismo meridiano que las otras dos ciudades pelendones recogidas en el texto: Visontium y Savia.


Existe cierta controversia sobre la identificación propuesta por algunos autores entre Augustóbriga y Nova Augusta, ciudad ésta mencionada por Plinio el Viejo en su Naturalis Historia así como por el propio Ptolomeo. Aunque la cuestión dista bastante de estar clara, yo me inclino por aceptar la identificación propuesta en base a los siguientes argumentos:

• Desde un punto de vista conceptual los dos nombres –Augustóbriga y Nova Augusta—son muy similares. El primero puede resultar algo más ambiguo a la hora de hacer referencia a un lugar de nueva fundación –si bien se han expuesto razones suficientes para demostrarlo--, el segundo obviamente no. Su carácter oficialista no deja lugar a dudas, lo que unido a su relativa proximidad parece dificultar que se trate de dos núcleos distintos.


• Resulta extraño que un autor tan bien informado como Plinio el Viejo, que no cita a Augustóbriga en su obra cumbre, olvidara mencionar una plaza honrada con el nombre del primer emperador de Roma, máxime tratándose de nueva fundación. Esto puede explicarse si consideramos que la nueva ciudad fue fundada con el nombre de Nova Augusta, nombre por el que la conociera Plinio y que por ser totalmente ajeno a la lingüística indígena fue cambiado décadas después por el mixto Augustóbriga una vez los ánimos guerreros se habían aplacado y la plaza, ya no tan Nova, había ganado carácter civil en detrimento del militar.

 
• El principal argumento en contra de esta identificación reside en el hecho de que Ptolomeo cita a ambas en su Libro de Geografía, difiriendo en las coordenadas lo suficiente para ubicar Nova Augusta en el territorio de los Arévacos y a Augustóbriga, ya lo vimos, en el de los pelendones. Está claro que el sabio de Alejandría creía que eran dos ciudades diferentes y así lo reflejó en su obra. Sin embargo no hay que olvidar que Ptolomeo, que nunca viajó a Hispania, obtuvo la información para sus trabajos de muchas fuentes distintas, unas más antiguas que otras, de manera que pudo sacar el nombre de Nova Augusta de una obra anterior –quizás del propio Plinio (23-79 d.C.), un siglo anterior a él—y el de Augustóbriga de otra posterior, cuando la plaza se llamaba ya así. La falta de conocimientos geográficos propia de la época haría el resto, no significando mayor problema desde el punto de vista del historiador la diferencia en las coordenadas de las dos ciudades, ya que son bien conocidos los muchos errores que cometió Ptolomeo en este particular.


• Augustóbriga aparece tanto en el itinerario de Antonino como en el Ravenate, que no mencionan a Nova Augusta. No creo que una ciudad con tan peculiar nombre, con lo que eso significa de voluntad oficialista, hubiera podido seguir, de haber sido distinta que Augustóbriga, una evolución tan pobre y oscura que no hubiera merecido el paso de ninguna vía principal por sus cercanías. Además, tampoco se vuelve a saber nada de ella en ningún texto posterior, permaneciendo igual de muda la epigrafía. Resumiendo, se puede decir que Nova Augusta, de haber existido como entidad independiente de Augustóbriga, no ha dejado la menor huella histórica, cosa no imposible pero sí difícil de aceptar, máxime habiendo varios argumentos a favor de la teoría de la identificación.


El itinerario de Antonino cita a Augustóbriga en su Item ab Asturicam per Cantabria Caesaragusta entre las mansiones de Numantia –Garray, Soria—y Turiassone –Tarazona, Zaragoza--. Por su parte el Ravenate la nombra con una pequeña corrupción: Augustabrica.
La falta de excavaciones impide un conocimiento preciso de la evolución histórica de esta ciudad. Gracias a cierta inscripción encontrada en la capital provincial, Tarraco, sabemos que Augustóbriga era municipio romano en la segunda mitad del siglo II d.C. Dado lo avanzado de esta datación, al menos noventa años posterior al edicto de Latinidad de Vespasiano, no se trata de una información demasiado relevante. En realidad, a día de hoy no se puede saber en qué momento adquirió Augustóbriga el rango municipal. Ni siquiera es posible especular con ello, pues si bien la mayoría de las ciudades próximas dejaron de ser estipendiarias en tiempos de Vespasiano, Augustóbriga no era una ciudad propiamente indígena al haber sido fundada por Roma por lo que en buna lógica hubiera podido alcanzar con anterioridad el rango municipal.

 
Probablemente Augustóbriga no se deshabitó durante el Bajo Imperio al estar situada en una vía de comunicación importante y aparecer mencionada en una fuente bastante tardía como el Ravenate. El hecho de estar amurallada debió contribuir poderosamente a su preservación en los turbulentos siglos finales del Imperio. A falta de excavaciones poco más se puede decir.
Ignoramos por completo la suerte de la ciudad en época visigoda, si bien es seguro que se trató de un periodo de oscuridad y decadencia, en el que la vida urbana se redujo hasta su mínima expresión. Tampoco se debe descartar la desaparición de la ciudad en este momento de la Historia de Hispania; es más, opino que Augustóbriga no llegó a conocer la invasión musulmana y, si lo hizo, desde luego no sobrevivió a ella ya que el emplazamiento carecía de interés para los nuevos señores de España a causa de su escaso valor defensivo, al contrario que la cercana Ágreda, bien conocida por sus murallas islámicas de cronología temprana. El actual Muro de Ágreda fue fundado en el siglo XI por Alfonso I de Aragón, apodado el Batallador, en el marco de la reconquista de Ágreda y su comarca. El nombre de la localidad parece provenir directamente del principal testimonio que por aquel entonces, cuando hacía mucho tiempo que se había perdido la memoria de Augustóbriga quedaba de su finado esplendor: la muralla. No obstante es improbable que los cristianos medievales pusieran en valor la antiquísima cerca, ya que englobaba una extensión de terreno muy superior a la de la nueva puebla, nunca muy grande ni próspera, lo que en términos castellológicos equivalía a hacerla indefendible. Prueba de esto último es la presencia del castillo de Muro de Ágreda, obra cristiana datable por su tipología en el pleno medioevo, acorde con el tamaño de la plaza y que ciertamente debió constituir su principal defensa en lugar de la maltrecha muralla romana.


Por otra parte, merece la pena señalar que algunos autores han hipotetizado acerca de la destrucción violenta de la ciudad basándose en el hallazgo de carbones en todo el espacio intramuros. En tal caso lo lógico sería datar la destrucción total o parcial de la ciudad en el siglo V con motivo de las invasiones bárbaras que, sabemos, utilizaron entre otras la calzada próxima.


Aparte de materiales de construcción, monedas y algunos fragmentos cerámicos, poco más es lo que nos ha llegado de la antigua ciudad romana. Desde luego la estructura arquitectónica mejor conservada –lo cual no es decir mucho—es la muralla de la ciudad, en la práctica reducida a la condición de vestigios. Así mismo se tiene constancia del hallazgo de algunos restos murarios correspondientes a casas, en algún caso pavimentada con mosaicos, no faltando prospecciones en las villas pertenecientes al territorium de la ciudad tal como la existente en el paraje conocido como “el Palomar” –Matalebreras, Soria--, donde se obtuvo un registro cerámico continuo entre los siglos I y IV d.C. Por último se debe destacar cierta fuente situada a las afueras del pueblo así como localizada estratégicamente al pie de la calzada que aunque bastante reformada en épocas posteriores presenta un marcado aspecto romano.
Como dijéramos en el párrafo anterior el principal resto conservado de la antigua Augustóbriga es su muralla. Todavía hoy es posible seguir parte de su trazado a través de los vestigios de cimentación y terraplenes que rodean la pequeña población soriana, mucho más extensa en época romana. En cualquier caso, de todo el perímetro amurallado lo más destacable es un tramo de veinte metros de largo especialmente bien conservado cuyo análisis constituye la mejor fuente de información sobre la muralla mientras no se realice una adecuada excavación.


Se trata del paramento externo de un lienzo de muralla recto, sin vestigio de torres, con un metro y medio de altura conservada y espesor no cuantificable al estar completamente soterrada su cara interna. Su aparejo constructivo es una tosca sillería mal labrada así como muy heterogénea en sus dimensiones que al no asentar bien a hueso tuvo que ser regularizada con algo de argamasa de barro. Se pueden contar hasta tres hiladas verificadas de este modo, no siendo romana la mampostería que conforma el coronamiento del lienzo sino muy posterior, posiblemente de época medieval relacionada con el aterrazamiento de la pequeña colina en la que se alza el castillo de Muro de Ágreda, destinada a elevar el valor defensivo de aquélla y que de paso nos da otra prueba de la inutilización de la muralla romana por aquel entonces.


A priori estos restos no parecen corresponder a una muralla con la suficiente envergadura para ser considerada bajorromana. La tosquedad de su aparejo así como el gran módulo de varios de los pseudo-sillares que lo conforman apunta a un origen fundacional de la obra, en la línea de las fortificaciones celtibéricas contemporáneas. Puede, pues, datarse la construcción de la muralla de Augustóbriga en el último tercio del siglo I a.C., al poco de que ésta se fundara. A modo de refuerzo de esta cronología, basada en argumentos tipológicos, se debe añadir su coherencia con la evolución histórica de la ciudad, ya que al tratarse de una ciudad de nueva planta debió ser provista de las preceptivas murallas según el ritual de fundación romano, no debiéndose olvidar tampoco el hecho de que aparezca la palabra briga –fortaleza—en el nombre de la ciudad, muy difícil de comprender en una plaza abierta.

 

 

Fuente romana en Augustóbriga

Muralla de Augustóbriga

 

 

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