CELTIBERIA, REALIDAD

CULTURAL

 

 

  APUNTES SOBRE LA RELIGIOSIDAD CELTÍBERA (II)

 

 

Gómez Santacruz

 

Ni la historia lo atestigua ni se han hallado en la meseta restos de edificios destinados al culto de los ídolos, ni fetiches antropomórficos o zoológicos; pero en múltiples sepulturas de las necrópolis exploradas, son palpables las demostraciones de que aquellos hombres invocaban y daban culto a fuerzas espirituales, animadas y contenidas en determinados seres materiales y principalmente, a las que a los celtíberos se ofrecían como causa de la fecundidad de las plantas, de los irracionales y de los hombres. Los astros, en especial el Sol, la Luna y la Tierra, el agua, las nieves, las lluvias, las fuentes, los ríos, las plantas, los árboles y con preferencia los frutales. Y aunque esto no deje de ser idolátrico, sólo lo es en el sentido de adorar a las criaturas, no en el de adorar obras de los hombres, como lo son los ídolos antropomórficos o zoomórficos. Y así tenemos aquellos aquellos hombres como paganos, pero menos degenerados en mate­ria religiosa que los africanos, los egipcios, los chinos, griegos y romanos (...)

 

Fueron creencias fundamentales de los celtíberos el dualismo, no en el sentido filosófico, de que no ha de aceptarse un solo principio para el mundo, sino en el de que la naturaleza está integrada por seres espirituales y seres materiales; que los primeros son superiores en poder a los segundos, de los que se sir­ven para proporcionar bienes o males a los hombres. Estos pueden agradar o desagradar a los primeros y atraerse los efectos de su protección o de su odio, mediante el halago o el odio de que se hagan dignos por sus obras. Y al efecto de alcanzar lo primero y evitar lo segundo, ofrecían culto litúrgico y ofrendas, que estimaban gratas, a los espíritus encarnados en el Sol, la Tierra,  las  aguas y las plantas, y principalmente en sus más poderosos antepasados, a los cuales después de la muerte los creían sobrevivientes con mayor poder, pero necesitados de medios naturales para su más fácil y grata nueva vida.

 

Creían que el hombre por la muerte no dejaba de vivir corporal y espiritualmente con las necesidades y pasiones que tuvo durante su vida, pero con mayor potencia en el espíritu, por lo que de él podían temerse mayores males y esperarse mayores bienes y, al efecto, celebraban alrededor del cadáver solemnes ritos litúrgicos, le ofrecían alimentos, lo incineraban para impedir la corrupción de la carne, y en sus sepulturas depositaban con sus cenizas o al lado de las urnas que los contenían o en las tumbas donde los inhumaban, vasijas con sustancias alimenticias para que las pudieran comer, armas para que pudieran defenderse y acometer a sus enemigos, instrumentos para seguir ejerciendo sus oficios, amuletos que creían escucharles para, a través de ellos y mediante ellos, tornar de nuevo a la vida humana que por la muerte habían perdido ...

 

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